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Oficios del goce: Poesía y debate cultural en Hispanoamérica (1960-2000)

(Practices of Pleasure: Poetry and Cultural Debate in Spanish American 1960-2000)

Fuente:

Yepes, Enrique.  Oficios del goce: Poesía y debate cultural en Hispanoamérica (1960-2000).  Medellín: Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2000. 420p.

CONTENIDO

Introducción

I. Flor y canto: La poética y política del goce
La promiscuidad de poéticas en la América Hispana
Jouissance, carnaval y los sentidos del goce
Hacia un sujeto autónomo, no dictador
Cuadro-resumen de los sentidos del goce
Poesía en una Latinoamérica (pos)moderna

II. Goce y escándalo público: El nadaísmo colombiano
La guerrilla estética de los años sesenta
Fundación de la fiesta
A solas con la ciudad
La oblicua tecnología del goce
En torno a nada: El exilio del sentido

III. Identidades dislocadas: Alejandra Pizarnik y Cristina Peri Rossi
El exilio del sentido: "Cuando las palabras no guarecen" (Pizarnik)
Las "del otro lado": Escritura y orientación sexual
La política lujuriosa de Cristina Peri Rossi
Diáspora y mutualidad

IV. El acto de la autonomía y las alianzas: Rosario Ferré y Gioconda Belli
Diáspora y mutualidad
El goce y el acto barrocos en Fábulas de la garza desangrada
La lógica del goce, o De la costilla de Eva
Mutualidad y participación

V. Un goce de vida o muerte: POESÍdA y los "desechables" de Medellín
Participación y exclusión
Identidades errátiles: Una ética del contacto
Hacia la otra orilla

Conclusión

Bibliografía

Lista de poemas citados extensamente

Índice analítico

INTRODUCCIÓN

Me salí de mi carne, gocé el goce más alto:
oponer una frase de basalto
al genio oscuro que nos desintegra.
Alfonsina Storni

Hay situaciones en que las anomalías se imponen a la conciencia. Cuando se goza intensamente, como en la risa, en la contemplación o en el orgasmo, se suspende por un instante el juicio, el deseo, y uno se asoma a la vastedad. A veces, para nuestra sorpresa, se dice lo que no se quiere, se olvida lo que está en la punta de la lengua, se sueña lo execrable o lo extraordinario, se intuye el infinito, se pierde el hilo, los objetos se esconden, las obsesiones se atrincheran, el cuerpo se sale de su cauce o se impone el silencio de la contemplación exenta de juicio. En momentos así experimentamos que hay otro dentro de nosotros con una espuela inquietante, celebrada por quienes perciben la cordura como prisión: "La magia y el ensueño liman los barrotes" (Huidobro 1931: 26). Estas interrupciones, igual que el asombro, "deberían bastarnos para saber que hay algo fuera de nuestra cárcel" (Sábato 1951: 94). De ellas se nutre el arte, que a su vez incita este tipo de vivencias, invita a la interiorización o a la ampliación de la conciencia.

También a nivel colectivo se percibe siempre una falla, una sed de trascendencia, un "malestar de la cultura" (Freud 1930) que impulsa a la acción social o ritual con carácter correctivo, y que en las culturas occidentales se traduce en una innovación constante. El psicoanálisis ha intentado abordar estas anomalías con pretensión científica. Freud sistematizó estos aconteceres según los azares de la libido. Con el toque poético francés, Lacan los estudia como condensación de la jouissance (el goce), algo así como la conciencia del inconsciente. El goce es la actividad de una parte de la psiquis que está por fuera del lenguaje, no está sujetada al orden social, y se empeña en pedir más, otra cosa, encore (Lacan 1975a). Cornelius Castoriadis elabora esta propensión al cambio con el nombre de "imaginación radical", el sustrato psíquico que contrarresta la programación de la costumbre. Colectivamente, la imaginación radical es el motor de la transformación a través de la historia.

Este libro propone conectar el goce y la imaginación radical con las luchas de los marginados, que también denuncian las fallas de la cultura, encarnan la otredad, lo excluido. La otra propuesta es extender esta pasarela entre psicoanálisis y estudios sociales al arte poética. Plantear, no sólo el análisis de obras poéticas de cada una de las cuatro décadas finales del siglo XX en Hispanoamérica, sino también una manera de leer poesía y, a través de ella, participar en el debate contemporáneo sobre la cultura, los movimientos sociales y la identidad personal, tendiendo un puente entre lo íntimo y lo colectivo. Dentro de inevitables y numerosos límites, se trata de investigar qué papel tiene la representación poética de lo ignoto, del goce, dentro de las formaciones sociales hispanoamericanas entre los años sesenta y noventa. Si se está gestando una nueva filosofía política, es necesario que integre lo que Octavio Paz llama "la otra voz" (1990: 131-34), un modo de pensar solidario que sepa manejar las simultaneidades, respetar las diferencias, ir más allá de los opuestos y de los determinismos, convivir con la incertidumbre. Lo cierto es que, como resume Jorge Echavarría en su acercamiento filosófico a los terrenos inestables de la globalización, los esfuerzos por sostener una lógica puramente racional, predecible y coherente no son viables en la última porción del siglo XX. Cuando los debates culturales proliferan, emerge "ese trasfondo reprimido que Nietzsche vio con tanta claridad", revelando "fuerzas y orígenes hasta ahora marginados" (1999: 133) que exigen individuos y sociedades en continuo diálogo con su otredad interior. Tales son los oficios del goce, concepto cuya riqueza sugestiva se parece a la poesía misma, que hace malabares para integrar lo sublime y lo social.

La palabra "oficio" tiene un sentido ritual: oficiar poesía es transubstanciar el goce en palabra. También significa un trabajo: ejercer la poesía es participar en la industria cultural y en el mercado de los signos. Los oficios son además acciones o gestiones sociales, tales como escribir a favor de los distintos grupos que debaten su derecho a ser oídos. Entre estas tres coordenadas, para no ser sacerdotes de una metafísica en la que no creen, mas tampoco caer en un pragmatismo al que se resisten, las y los poetas eligen el gesto liminal del goce, hecho de ironía y asombro, contemplación y juego. Es tarea de los psicoanalistas estudiar el goce mismo, presente en todo suceso cultural. Lo que aquí propongo estudiar es el gesto de oficiarlo, de representarlo, de producir discurso desde lugares que están más allá de las palabras, que es el trabajo poético.

La fecundidad de incluir la poesía reciente en América Latina en el campo de los estudios culturales puede apreciarse a primera vista en su continua vigencia. En este rincón del mundo los textos poéticos alimentan "la memoria de sus pueblos" (Paz 1990: 101), en el sentido más básico de la palabra "pueblo": la "gente común y humilde", según el Diccionario de la Real Academia (1992). Baste mencionar, a vuelo de pájaro, la aparición de movimientos poéticos en más de nueve países latinoamericanos durante los años sesenta, que acompañaban el entusiasmo por un cambio de las estructuras socioeconómicas; el significativo lugar de la poesía en los levantamientos centroamericanos de los años setenta y ochenta; el numeroso grupo de exiliados y torturados que acuden a la poesía como cómplice durante esos mismos años a raíz de la represión militar en Suramérica; el nutrido y sugerente grupo de mujeres que publica poesía en muy diversos estilos para explorar su alteridad; los inmigrantes y jóvenes de barrios marginados que escriben poesía en las ciudades de Estados Unidos y de América Latina; los poetas de grupos indígenas y negros que están publicando en muchos de nuestros países; la multitudinaria concurrencia a los festivales internacionales de poesía que han tenido lugar desde 1991 en la ciudad de Medellín; la destacada presencia de obras, poetas y lectores de poesía en las ferias del libro de Bogotá, La Habana, México y Buenos Aires.

Estos ejemplos muestran que la poesía sigue siendo un significativo modo de conocimiento y debate cultural, quizás particularmente relevante cuando las prácticas sociales se hallan en constante revisión y crítica. A lo largo de las últimas décadas, la poesía latinoamericana da cuenta de una activa voluntad recreadora de actitudes, valores y poderes que merecen considerarse dentro de la reflexión contemporánea sobre la cultura. En respuesta a esta urgencia crítica, examinaremos a fondo el trabajo de un puñado de poetas que, desde diversas posiciones de desventaja social, se apoderan de la palabra para representar su goce y así participan en la transformación del arreglo cultural que los margina. La confluencia entre estrategias poéticas y tácticas de resistencia se hará evidente en cada capítulo. Son fenómenos comparables al de la poesía negrista que, representando el goce de la población de origen africano, abrió un espacio simbólico para este grupo oprimido dentro de la sociedad latinoamericana, contribuyendo a su reivindicación. No se trata, sin embargo, de obras consagradas a defender determinadas causas políticas. En ellas prima el goce, la fuerza lúdica que engendra al arte. Mas esta misma fuerza, leída en el contexto de la posición social de sus autores, interpela los cimientos del contrato social: el lenguaje, los sexos, los cuerpos, las prácticas de convivencia.

Con la perspectiva de lectura así propuesta se logra dar cuenta de la dimensión inefable del acto poético sin por ello ignorar su lugar dentro de las estructuras sociales. También se explora una manera de contestar a la marginación a través de la capacidad de asombro que fomenta el arte, y que tiene la virtud de ampliar horizontes. El primer paso será esbozar una poética del goce, objeto del primer capítulo, que comienza con una ojeada a la producción poética hispanoamericana durante el siglo veinte para mostrar que nuestra inquietud teórica se desprende de dicha producción. Luego procedemos a delimitar el concepto a partir de sus definiciones de diccionario, la reflexión psicoanalítica, el carnaval, y su valor estratégico desde posiciones de desventaja social. Por último, se plantean los aportes de esta conceptualización, así como del lugar de la poesía y del goce estético, en algunos debates culturales significativos de fines del siglo veinte: la autonomía, la posmodernidad, la globalización, los estudios poscoloniales, y los cambios de sensibilidad que implican el desarrollo de las industrias culturales y los medios de comunicación masiva.

El segundo capítulo examina cómo responde la poesía del nadaísmo colombiano a la dinámica política y social de los años sesenta, en relación con movimientos paralelos en América Latina. Su poética es una exploración estética de la cotidianidad por parte de una primera generación urbana de la nueva clase media nacida de familias campesinas. Oficiar el goce funciona como táctica ritual y publicitaria para abrir paso a esta generación en la élite intelectual y en la opinión pública. Los nadaístas -cuyo nombre se opone a la pretensión de "ser algo"- deliberadamente recrean su identidad desde el no-ser: no se identifican ni con los sectores dirigentes conservadores o liberales, ni con las clases populares campesinas o proletarias, ni con las utopías capitalista o marxista, ni con la estética oficial ni con la de izquierda. Más allá del pensamiento polarizado, hacen del artefacto técnico, del paseo callejero, de la invitación a la fiesta -erótica, estética- y de su nombre mismo, espacios de goce. Su collage poético, que va del gesto profético al iconoclasta, les permite participar en los espacios simbólicos -sociales, urbanos, artísticos- desde una distancia crítica frente a las mentalidades sectarias que perpetúan la violencia. Esta escritura, que marcó un hito en la poesía de su país a pesar de no tomarse muy en serio a sí misma, evidencia las contradicciones del proyecto modernizador en Colombia.

La última poesía de Alejandra Pizarnik (Argentina) y la primera de Cristina Peri Rossi (Uruguay), estudiada en el tercer capítulo, oficia asimismo el goce de dislocar el Yo y abrirse a las peripecias náuticas "del otro lado" que acecha en las palabras, los silencios, los sexos. La palabra obscena, el exilio simbólico, el naufragio y la diáspora aluden a una intemperie que disloca la ordenación intencional del Yo. Sus referentes históricos son el destierro político y la censura que plagaron el Cono Sur durante los años setenta. La escritura de estas autoras, forjada en el esfuerzo por traducir lo innombrable, obliga a replantear las taxonomías sexuales y los esfuerzos por construir una identidad latinoamericana nativista y heterosexual. Su lectura reclama una escucha ágil de la diferencia: la orientación sexual implícita en toda escritura adquiere particular relieve cuando se coteja con la de sus autoras, sin por ello fijar los textos en interpretaciones terminantes. Al final del capítulo se analiza además el abrazo poético que Peri Rossi tiende hacia Pizarnik en un rito de mutualidad.

Con el goce de la mutualidad se inicia el cuarto capítulo. Aquí se estudia el acto de afirmarse en las fallas del discurso regente, puesto en escena en dos poemarios aparecidos durante los años ochenta: Fábulas de la garza desangrada (1982) de Rosario Ferré (Puerto Rico) y De la costilla de Eva (1986) de Gioconda Belli (Nicaragua). Los recursos neobarrocos de Ferré y el péndulo de perspectivas en Belli, son significantes de la postura mutual y suspicaz con la que se reconstruye un espacio de soberanía para las mujeres de fin de siglo. Su lugar se redefine como un "vector de descentramiento" (Richard 1996: 742) que revisa las mitologías para alterar las relaciones de poder y asume la disolución del sujeto como acto de emancipación. Estos textos ejercen una autonomía barroca en permanente negociación y autoexploración que se afirma a través de las alianzas. Su despliegue de una lógica no binaria y su manejo del ideal revolucionario de gran resonancia en América Latina, dialogan con los proyectos nacionales de Puerto Rico y Nicaragua. La posición de víctima se transforma en una actitud apoderada que urge a la escucha del goce, el lenguaje de lo(s) excluido(s), para engendrar prácticas en las que la represión dualista ceda su lugar al reconocimiento de lo múltiple.

En un gesto de apertura a lo múltiple, el último capítulo se acerca a la poesía producida por los "desechables" de Medellín. Estos jóvenes delincuentes de los barrios periféricos representan su goce con las herramientas de sangre y muerte que constituyen su heredad. Su intervención en el diálogo contemporáneo tiene el beneficio de poner a circular la experiencia de los extraños. Extrañas son también las voces de los emigrantes, en particular si deben lidiar con el estigma del SIDA. Su poesía apela a referentes hispánicos, indígenas y africanos para fundar una poética del contacto, como se mostrará en el examen de algunos textos incluidos en POESÍdA, antología preparada por el puertorriqueño Carlos Rodríguez Matos (1995). Las voces de los "desechables" de Medellín y de POESÍdA contrarrestan con fuerza testimonial la indiferencia y el aislamiento a través de una ética de alianzas. Su estética plural imita la azarosa intervención de los movimientos sociales en los debates políticos de los años noventa en América Latina. La pulsión de muerte que proyectan estas obras denuncia el genocidio que sigue perpetrándose en nombre de la higiene social, modifica la visión estéril y los alcances represivos de la muerte, evidencia el carácter precario de todo arreglo social, acoge y revitaliza la tradición lírica que valora la compañía de los ausentes.

Tal es, en suma, el estudio propuesto, que aborda desde una perspectiva inédita un corpus textual poco atendido por la crítica. Dicho corpus es suficientemente amplio como para permitir la indagación en diferentes países y desde distintos grupos sociales a lo largo de cuatro décadas. Quedan abiertas las posibilidades para examinar las formas de representación del goce desde otras posiciones anómalas (etnias, emigrantes, disidentes) y a través de otros artefactos culturales (canciones, graffiti, historieta, narrativa, cine). En cuanto búsqueda teórica, este trabajo explora la manipulación del deseo como una de las bases de la producción y circulación de las ideas y las cosas. La poesía permite hacer consciente, indagar y rearticular esa manipulación dentro del contexto hispanoamericano actual, en el despliegue de los insólitos (e insolentes) oficios del goce.

CONCLUSIÓN

Y no sé qué se olvidan y se queda
mal en mis manos, como cosa ajena.
César Vallejo

"Como cosa ajena" que al producir olvidos leves (actos fallidos) se resiste a olvidos mayores (lo reprimido), el goce hostiga al sujeto y se le queda, importuno, entre las manos. El inconsciente -aparato que sirve para convertir el goce en discurso (Braunstein 1990: 22)- viene a anunciar que hay un saber que no sabe ("y no sé"), que se apoya en el significante como tal (Lacan 1975: 88), es decir, se concentra en la armadura del mensaje mismo, ejerciendo una "función poética" (Jakobson 1958: 37). También "como cosa ajena", los grupos subordinados o proscritos hostigan la unidad social y se hacen incómodamente visibles cuando convierten el discurso en goce para resistirse a la coerción. En pocas palabras, el goce impulsa al reconocimiento de lo(s) reprimido(s). La poesía lírica, intimidad publicada, pone en escena esta irrupción a nivel personal y social. Oficiar el goce da cuenta de un estado de emergencia -desorden y ascenso- que (di)vierte las identidades en una incesante recreación, negociación. Así puede sintetizarse nuestra pesquisa: estudiar una escritura que se afinca en lo ajeno como trinchera.

En cuanto manifestaciones líricas, cada uno de estos trabajos sondea los modelos de identidad heredados y dispersa al Yo en una peregrinación hacia la diferencia. Así lo explica Ernesto Laclau: "El eslabón entre el simultáneo bloqueo y afirmación de las identidades es lo que llamamos 'contingencia', que introduce una radical imposibilidad de decisiones terminantes" (1990: 21, mi traducción). Oficiar el goce errabundo sirve para socavar la identidad hegemónica y al mismo tiempo afirmar las subalternas. Éstas aparecen "en los vagos cielos vacíos" de los nadaístas (Arango 1974: 79), como "figurita errante" en medio del camino (Pizarnik 1994: 144), con "sonido de animal o pájaro errante" (Peri Rossi 1975: 56), desde "una estrella cuyo rumbo no conozco" (Belli 1989a: 49), sobre "la brisa precaria de sus tacos" (Ferré 1982: 74). Son el "desechable" que se poetiza como "espantapájaros bandido" (Bernal 1990: 34) y la persona con SIDA que aborda una nave con "destinos que siempre se desconocen" (POESÍdA 38). Con este vagabundeo se indica una continua actitud de revisión y ensayo que socava cualquier pretensión totalizadora con el incierto flujo del goce "qui ne sert à rien" (Lacan 1975: 10), que nada busca. Así se responde a sensibilidades que se viven en culturas mutantes, en continuo debate.

Las obras estudiadas representan una distancia frente a la estructura disciplinaria que ha excluido a sus autoras y autores, asumiendo activamente ese lugar abyecto para convalidar modos de ser alternativos que se nutren de variadas tradiciones y descartan la entelequia de soluciones definitivas. Siempre con el contexto sociocultural y nacional en mente, a lo largo de esta trayectoria hemos explorado la institución literaria en cuatro de sus facetas: como poética que atraviesa varios libros (Pizarnik, Peri Rossi), que organiza volúmenes específicos con cierta coherencia estructural (Ferré, Belli), que reúne a varios autores alrededor de una búsqueda estética (nadaístas) o en torno a una inquietud no literaria (POESÍdA, los "desechables"). La difusión de estos trabajos, que fraguan su discurso con tanta variedad como los sujetos anudan su identidad, enriquece la geografía lírica de fines del siglo veinte. Su estudio contribuye a la ampliación del canon literario al incluir textos producidos desde muy diversos emplazamientos sociales y sexuales, al proponer criterios más amplios para evaluar la fecundidad estética y al atender un corpus en muchos casos descuidado por la crítica.

De paso se rastrea una serie de elementos recurrentes. Primero, cada una de estas poéticas habita el "trecho del dicho al hecho" -como reza el adagio popular- para romper la cadena ideológica que liga las palabras y las acciones (Zizek 1992:35), es decir, se produce un discurso deliberadamente distanciado de los hechos sujetos al dictum vigente y se llevan a cabo actos de habla que modifican el ser de los ejecutantes sociales (Felman & Laub 1992: 5). Segundo, cada obra dialoga con la (pos)modernidad desde la ambigua posición latinoamericana, partícipe marginal de la cultura occidental (Dussel 1979; Fernández Retamar 1976; García Canclini 1990) e instancia de goce en cuanto residuo de la sujeción europea, esto es, de la constitución de un sujeto centrado en Europa mediante el sometimiento de lo otro. Tercero, los textos remiten a numerosos terrenos culturales -urbanismo, sexualidades, música, movimientos sociales, migraciones, religiosidades, utopías- y despliegan diversas tácticas de insubordinación, sugiriendo amplias posibilidades de análisis, tanto en los estudios sobre poesía como en los culturales.

El enfoque fue a la vez temático y teórico: exploró la representación del goce en poesía y la poesía como representación del goce. Según se muestra en el capítulo quinto a propósito de la película Rodrigo D: No futuro, el tema se presta para la indagación fructífera de otros artefactos culturales cuya organización ambigua denuncia y resiste la censura. Por otro lado, aquí se ha demostrado la fecundidad de esta herramienta conceptual para articular la polifonía del gesto poético que, como el goce, opera por desplazamiento y condensación, activa las fisuras del discurso y libera al significante de su yugo referencial. Tal enfoque permite también integrar la lírica con (y como) una teoría social del sujeto: un Yo abierto al flujo de la imaginación radical (Castoriadis 1975) y apercibido de la trama simbólica que lo constituye. Este diálogo, como observa Julio Cortázar sobre la poesía, apunta "a una ruptura del condicionamiento corriente, a una asimilación o reconquista o descubrimiento de todo lo que está al otro lado de la Gran Costumbre" (1969: 272) y rebasa las divisiones entre lo estético y lo político. Es más, como se insinuó en el primer capítulo, bien podría plantearse una historia de la poesía hispanoamericana, desde el modernismo hasta fines del siglo veinte, en cuanto representación del goce que se las arregla para celebrar la otredad interna y colectiva, hostigando toda forma de sujeción con el regreso de lo proscrito.

Al recibir el premio Nobel, Pablo Neruda expresó la apasionada convicción de que, mientras incorpore las ásperas tareas humanas en busca de un arreglo social más equitativo, "la poesía no habrá cantado en vano" (1972: 34). Si el proyecto de dominación se delata inconsistente, destinado al cambio, la imaginación radical que se filtra en la poesía de mucha gente hispanoamericana se obstina en encauzar ese cambio hacia una justicia regocijada en enmendar continuamente sus propias exclusiones.

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