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"Fuera Yo": El Manual de tolerancia de Héctor Abad Gómez

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Yepes, Enrique. "Fuera Yo: El Manual de tolerancia de Héctor Abad Gómez".   Revista Universidad de Antioquia (Medellín-Colombia) 262 (Oct.-Dec 2000): 105-110.

Nuestro país ha estado fuera de sí durante décadas, en el desbordado asesinato entre sus ciudadanos. Quizás desde la exterioridad crítica con que se construye el sujeto que enuncia el Manual de tolerancia (Medellín: Universidad de Antioquia, 1990) de Héctor Abad Gómez, puedan proponerse actitudes alternativas y vías de esperanza. Pero antes de iniciar el análisis del texto, quisiera empezar citando dos pasajes que ayuden a reconstruir en la memoria la figura del fundador de la Facultad Nacional de Salud Pública, dependencia de la Universidad de Antioquia que hoy lleva su nombre. La primera es la escueta noticia aparecida en la sección de "Generales" del diario El Colombiano, el 26 de agosto de 1987, acompañada de anuncios sobre venta de propiedad raíz, sobre cómo adelgazar y sobre la transmisión en directo de la copa de fútbol "Libertadores de América":

A eso de las cinco y media de la tarde de ayer, diez horas después de haber sido asesinado el presidente de la Asociación de Institutores de Antioquia, Luis Felipe Vélez Herrera, en el mismo sitio, fueron muertos a tiros de metralleta los médicos Héctor Abad Gómez, presidente del Comité de los Derechos Humanos y precandidato liberal a la alcaldía de Medellín, y Leonardo Betancur Taborda, profesor de la facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia (11A).

Más de una década después todavía nos desconciertan estos asesinatos, que convocaron multitudes indignadas y solidarias para acompañar las exequias. Mas también es de destacar el valor de síntesis vital que adquieren las circunstancias de la muerte de Abad Gómez. Tiene lugar en la sede de una asociación de educadores, digno escenario para un hombre que debatió copiosamente el sentido y valor político de lo que él llamaba "una educación libre" como antídoto de la violencia y la miseria, un hombre que dedicó sus últimos lustros a la labor docente y que instaba a sus alumnos con el saludo: "¿Qué ha pensado usted hoy?" (Manual 134). Además, enfrenta la muerte junto a otro profesor y activista, como testimonio de su disposición al trabajo en equipo y a la acción colectiva.

La segunda cita proviene de los "Apuntes para una biografía" que publicó su hijo y escritor Héctor Abad Faciolince en el Magazín Dominical del 29 de noviembre de 1987, que el diario El Espectador dedicó a la memoria de Abad Gómez, sumándose a la serie de homenajes que siguieron a su muerte. He aquí la cita:

Aunque nunca llegó a tener más de sesenta y cinco, cuando le preguntaban por su edad, Héctor Abad acostumbraba a responder que ya estaba llegando a los doscientos años. Explicaba que había nacido en un pueblo remoto, Jericó [Antioquia], según el calendario en 1921, pero sólo a principios del siglo XIX según la situación histórica y cultural de su pueblo (15).

Con la sencillez de esta imagen cronológica, Abad da cuenta de su participación en lo que Néstor García Canclini llama la "heterogeneidad multitemporal" de América Latina (Culturas híbridas. México: Grijalbo, 1990: 15). Es esa superposición de modelos económicos y culturales que otras regiones del mundo identifican como periodos sucesivos y que en nuestros países se experimentan como simultáneos. Por ejemplo, coches tirados por caballos cuyo cohero tiene teléfono celular. Tenemos zonas en donde la vida se parece más a las del siglo XVIII europeo que a la del siglo XXI medellinense. Y es quizás en dicha confrontación entre modelos en conflicto donde se encuentra una de las fuentes de la violencia y del prurito represivo que nos azotan.

El objeto del presente artículo es naturalmente más modesto que la sustentación de la anterior hipótesis. Lo que aquí se propone es un esbozo de cómo se construye el Yo a lo largo del libro Manual de tolerancia, colección póstuma de ensayos que Abad Gómez dejó entre sus papeles cronológicamente dispuestos en una suerte de diario, y que reiteran las obsesiones del autor. Más que defender o discutir su contenido, se analizan aquí algunos de los procedimientos mediante los que se despliega una subjetividad afecta a la incertidumbre, que acoge y trasciende el proyecto de la Modernidad, en el esfuerzo por imaginar una identidad colombiana pluralista y en permanente autocrítica. Se trata de un Yo cuya filiación nacional, ideológica, cultural, simbólica, está continuamente desplazada. En un proceso autorreflexivo que contempla el acontecer colombiano desde una exterioridad crítica, este Yo cuestiona la institución de las grandes personalidades en favor de la pequeña historia.

Compilado por Abad Faciolince, el libro se organiza en cuarenta y nueve secciones de extensión irregular -desde un párrafo hasta cuatro o cinco páginas-, sin otro título que el número romano que las identifica. Los temas son los mismos que habían aparecido en su libro "Una visión del mundo" (Bogotá: Tercer Mundo, 1971): las bases de una convivencia sensata, la educación, el presente y futuro de Latinoamérica, las religiones, el fanatismo, la nueva ética y la flexibilidad ideológica. En cuanto espacio textual, recorrer el Manual de tolerancia tiene un efecto similar al de los espacios que se han dado en llamar posmodernos. Así los describe por ejemplo Beatriz Sarlo en Argentina, como construcciones en las que es difícil perderse porque carecen de un centro: "no están hechos para encontrar un punto y, en consecuencia, en su espacio sin jerarquías, también es difícil saber si uno está perdido" (Escenas de la vida posmoderna. Buenos Aires: Ariel, 1994: 16). Como el Tao Te King, es un libro que propicia el deambular, que puede abrirse en cualquier página y leerse por unos minutos sin necesidad de seguir una secuencia ordenada. Más que ahondar sobre los conceptos, ofrece perspectivas y puntos de partida, apostando por la movilidad y por la sugerencia. En este sentido, la ordenación misma del libro propicia la fluidez ideológica que defiende su contenido: "una verdad con minúscula, contemporánea, práctica, que aspira a servir para esta época y en estas circunstancias a los colombianos de hoy, y que no aspira a ser, de ninguna manera, ni otro dogma ni siquiera otra doctrina" (19).

¿Qué pasa entonces con el Yo que enuncia estas verdades con minúscula y que diseña este texto descentrado, abierto a la lectura casual? ¿Qué pasa con un Yo que detenta la autoridad de la palabra para decir: "no sé, no estoy seguro"? Esta colección de ensayos escenifica una estructura psíquica fundada en la tolerancia de los propios límites, que diverge del Yo ilustrado occidental, el cual podría caracterizarse como el gran conquistador, el paranoico de la coherencia, el jinete del poder -como lo ha mostrado el filósofo francés Michel Foucault en sus arqueologías del saber, de la sexualidad, de la disciplina-. Es el Yo imponente que algunas escuelas psicoanalíticas han leído en las Nuevas conferencias introductorias de Freud a partir de la máxima famosa: "Wo Es war, soll Ich werden", "Donde Ello fue, Yo he de advenir" (1932. New Introductory Lectures on Psycho-Analysis. The Standard Edition. Vol. 32. Ed. y Trans. James Strachey. London: Hogarth, 1964, p. 80). Este Yo coloniza su propio inconsciente indómito (el Ello) y lo somete a su control consciente, sirviéndose del lenguaje para garantizar la comunicación transparente, el imperio de su raciocinio. El Yo iluminista se define como centro, fija sus metas, y traza sus rutas con la ingeniería de la precisión.

En el Manual de tolerancia, el Yo hablante es levemente distinto. Esta levedad adelanta una ruptura radical con el Yo imperial. Tan radical, que no se percibe como contestación diametralmente opuesta a esa primera persona absolutista. Oponerse a ella de modo irrestricto sería repetir su modus operandi: es precisamente la producción de un adversario lo que da consistencia a este Yo dominador que se ha ideado e idealizado en Occidente, al menos durante los últimos seiscientos años. El sujeto que emerge del Manual de tolerancia, en cambio, abraza a este Yo, marcando sus límites dentro del espacio que se cierra entre los brazos. Al señalar sus límites, no sólo diluye sus pretensiones dictatoriales, sino que reconoce sus posibilidades como un elemento inserto en una estructura psíquica más abierta. Desarma sus pretensiones exclusivas con la humildad de su inclusión en un horizonte de incertidumbres y en una trama de diversidades. El ejercicio vital y discursivo de este sujeto coincide con la reformulación que hace el sociólogo, psicoanalista y filósofo Cornelius Castoriadis del apotegma freudiano antes aludido: "Wo Ich bin, soll auch Es auftauchen", "Donde Yo soy, también Ello ha de emerger" (L'Institution Imaginaire de la societé. Paris: Seuil, 1975, p. 143). Es decir, el inconsciente existe precisamente porque se ha constituido un Yo consciente que lo excluye. Reconocerlo y concederle el derecho a existir y a expresarse como parte de lo que soy, aunque no pertenezca a mi Yo sino a "lo otro en mí", sugiere un sentido distinto para la práctica de una autonomía ya no imperiosamente controladora, sino decidida en su actitud de escucha y negociación. La adición del adverbio "también", indica la posibilidad de convivencia simultánea entre estructuras disímiles. Es la actitud inclusiva y tolerante que transparenta el libro de Abad Gómez en enunciados como el siguiente: "según las circunstancias, la derecha, el centro o la izquierda pueden tener razón o estar equivocados" (130). O también cuando el hablante describe con riqueza metafórica su geografía interior: "Mis sentimientos están como mi corazón, a la izquierda; mi razón como mi cerebro, al centro; mis odios y resentimientos en mi pequeña vesícula biliar, a la derecha" (59). La alusión a los partidos políticos es clara, encarnada en el cuerpo como bien puede imaginarse de un hablante formado en medicina.

Pero vayamos por partes, para evitar conclusiones apresuradas. De la cita anterior podría llegarse a pensar que se propone aquí un sujeto carente de convicciones. Nada más lejano a un autor que dio la vida por defender sus principios. Nada más lejano también a una voz ensayística que declara: "Si toleramos todo, no podemos ser consistentes en nada y no habría forma de conservar una personalidad o una sociedad sin tener convicciones firmes sobre algunas cosas. Pero una cosa es la firmeza ideológica y otra cosa el fanatismo. Así como una cosa es tolerancia y otra amorfismo ideológico, desintegrador de individuos y sociedades" (22-23). Esta precisión es aún más pertinente en las últimas décadas, cuando el imperio del mercado seduce a la llamada generación equis con la excusa de la globalización para ofrecer en cambio la homogeneidad del consumo y la perpetuidad de las desigualdades económicas y de los privilegios minoritarios. La firmeza de criterio es tanto más urgente en una era que comercia con la información y bombardea visiones del mundo a través de los medios masivos. En este escenario propone Abad Gómez la socrática sabiduría de "tratar de conocernos a nosotros mismos y a los demás" (76).
¿Cómo se despliega, pues, este Yo deliberadamente contaminado de lo otro? Ante todo, comienza por establecer alianzas, por identificarse dentro de un terreno grupal fundado en el diálogo y en la concepción de poder con y no sobre otros. Los primeros párrafos del Manual de tolerancia delimitan su público: "Los que vayan a leer éste y los capítulos que siguen serán probablemente hombres y mujeres de buena voluntad que quieren conocer las ideas de otro ser humano como ellos" (15). La alusión al Nuevo Testamento, a la navideña y proverbial "Paz a los hombres de buena voluntad" (Lucas 2:14), establece una complicidad con las mayorías de formación cristiana en Colombia. La estrategia se hace más explícita en páginas ulteriores: "Así puedo, serenamente, decirle a nuestro pueblo que no necesita abjurar de sus tradiciones y religión para reclamar con vigor la justicia que por tanto tiempo le ha sido negada" (44). Se adivina aquí la adopción de una pose profética, que en otro momento emula el estilo de Martin Luther King en el célebre discurso "Yo sueño": "Sueño con un Medellín con su aire y su río nuevamente limpios. Sueño con una Colombia en donde todos sus niños puedan jugar, reír y cantar, en donde toda su juventud pueda amar. Sueño con una Colombia en donde todos los viejos podamos soñar" (100). Es la estrategia de quien se apodera de la palabra para proponer un modelo social deseable, el ejercicio de la política como plataforma para influir sobre el imaginario colectivo y el ideal comunitario.

Mas esta voz profética, que tradicionalmente se pondría por encima de las masas para guiarlas, se esmera aquí en resaltar sus propios límites. Se declara, como se mostró anteriormente, al mismo nivel de aquéllos a quienes se dirige. Enmienda la fórmula bíblica para incluir a hombres y mujeres, en un gesto contemporáneo de lenguaje autoconsciente ("hombres y mujeres de buena voluntad"). Insiste, desde el primer párrafo, en el sano derecho a disentir: "concedo a todos aquellos que estén en desacuerdo básico con las ideas que voy a exponer, la mejores intenciones" (15). Destaca además "el valor de admitir que no se sabe, que se duda, que no se está seguro" (102). No vacila en reconocer sus yerros: "Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirles humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos" (51). En ejercer la autocrítica: "Mi diletantismo quedará revelado en esta compilación desordenada y casi que caótica" (134). En confesar sus deficiencias: "Sé muy poco de las culturas indígenas" (88). Y, sobre todo, respeta la diversidad y asume una complicidad benevolente con cualquier otro ser humano: "Creo que nos podremos poner de acuerdo en lo siguiente: toda persona, por uno u otro camino, lo que consciente o inconscientemente está buscando es su propia felicidad" (79). Se trata, pues, de un Yo que ensaya diversas poses y subraya sus propios límites. Por esta razón, su capacidad de acción autónoma se relativiza a la vez que gana potencia. Se relativiza, por saber que su identidad es un cruce sucedáneo de discursos y perspectivas. Gana en potencia, porque explora su campo de acción, negocia alianzas, moviliza recursos y se renueva en el cambio.

Explícitamente nombrado y racionalmente repudiado, el gran adversario de este Yo es el fanatismo, al que vuelve con frecuencia como un fantasma por diluir de la propia conciencia. Vinculado a la violencia asesina, al deporte como opio que adormece las aspiraciones de cambio, al dogmatismo político y religioso, el emocional fanatismo, aunque se le concede el crédito de actuar con las mejores intenciones (16), es criticado en nombre del "progreso y [de] un modo de ser racional de los pueblos" (86). Quizás una de sus críticas más enérgicas es la que asocia nuestro sentido de nacionalidad con el fanatismo:

Algunas organizaciones, sectas, comunidades, religiones, y algunos partidos políticos y aun naciones enteras, se encierran en su propia "verdad" y no admiten nada que venga de fuera. Una de estas naciones es Colombia, uno de estos partidos es el comunista, una de estas religiones es la católica. Con pequeñas grietas, llamadas a desmontar inexorablemente estas posiciones totalitarias, estamos asistiendo a la lucha de instituciones que se resisten al cambio, que llevan en su mismo seno las contradicciones que harán o que se modifiquen o que perezcan (17).

Así, el Yo se despoja de su tono cómplice y pone entre paréntesis su humildad franciscana o budista para lacerar con tono airado la resistencia al cambio, poner el dedo donde más duele, y pronosticar con el destino de las potestades totalitarias. Si frente al imperio de la verdad científica se defendía el derecho a la disensión y a la defensa de las tradiciones, frente a la cerrazón dogmática se insiste en la apertura moderna, en el progreso y la racionalidad. El resultado es la puesta en escena de un Yo móvil, maleable, atento a sus "pequeñas grietas" para desmontar su propio absolutismo. Un Yo que hace de sus contradicciones más una oportunidad que un obstáculo, y que no teme delatar sus aspiraciones de poder, entendido éste como servicio y como discernimiento en compañía de otros sujetos pensantes.

Y es que, al mismo tiempo, esta voz no pierde oportunidad para avalarse, no sólo en sus alianzas, sino en la adopción de lenguajes que gozan de autoridad o prestigio. La simbología médica, por ejemplo, aparece para identificar al hablante como alguien que sabe aprovechar el crédito que tiene el discurso clínico en la vida moderna. Esta prosa exhorta a la inmunización contra el fanatismo (109), y a la higiene mental. Declara también que "tratar de acabar la violencia con otra violencia es como pretender curar una enfermedad con otra enfermedad" (68). Este universo metafórico, aunque cada vez más riesgoso en una época que cuestiona con ansiedad creciente las prácticas médicas, tiene la ventaja de evocar el equilibrio entre balance natural y saber civilizado con que hoy se reviste el interés general por la salud.
También se convalida el derecho a la palabra con diversidad de referencias, desde Lao-Tsé hasta Freud, desde Aristóteles hasta el presidente Barco, desde Fernando González y Rodrigo Arenas Betancur hasta Walt Whitman, Bertolt Brecht y Mocedades. Esas citas no exhiben erudición sino búsqueda y apertura. Es una forma de autor-izarse sin arribismos para hallar certezas simples y debates elementales como los ya enunciados en torno al respeto, la tolerancia, el derecho a la vida.

Profeta, médico, educador, político, buscador, racionalista, amante, sabio, orientalista, viajero, este hablante se identifica sobre todo, y con intrigante orgullo, con su medianía e incluso con su mediocridad: "Si a todos nos hubieran enseñado que la gran mayoría somos inevitablemente mediocres, la vida de los seres humanos sería más apacible y feliz" (27). Y más adelante desarrolla en varias páginas la necesidad de hacer el elogio "de los seres comunes y corrientes" (111), que "no serán ni los grandes científicos, ni los grandes artistas, ni los grandes políticos, héroes o santos. ¡Pero qué importa! Lo que serán realmente éstos que constituyen la medianía dorada será, sin que ellos lo sepan, los grandes sabios, [...] en el "áurea mediocritas" de que hablaba Virgilio" (111-12).

Esta peculiar alabanza de la medianía convive con la admiración por la genialidad y el deseo de cambio, así como con la proverbial fe en la perfectibilidad del ser humano y de su organización colectiva. Elogiar a la persona común y avalarse como tal implica potenciar la acción de cualquiera, para que se actúe aunque no se lleven a cabo grandes obras, se piense aunque no se introduzcan grandes ideas, se tome la palabra aunque no se produzcan grandes discursos. Significa, en el contexto colombiano, estimular la intervención histórica de las mayorías de buena voluntad, intimidadas por la destacada intervención de los violentos y de los represores. Constituye un gesto de admiración por la sensatez en medio del escándalo criminal que acapara la atención pública. Y es apoderarse desde esa medianía para salir a denunciar, para buscar a los desaparecidos, para defender el derecho a vivir como persona común y corriente, incierta, creadora del cambio y defensora de la permanencia. Esa persona común que, después de todo, no existe sino en la innúmera diversidad que reclama la urgencia del diálogo.

El Manual de tolerancia no es una gran obra genial. No presenta ni un cuerpo ideológico impecable, ni una fuerza poética conmovedora, ni una coherencia irrebatible. En cambio, ejerce el poder de la microestrategia, de esas "pequeñas grietas llamadas a desmontar inexorablemente las posiciones totalitarias", y pone en escena una subjetividad fundada en la escucha y en la capacidad de ceder, de negociar, de mediar, de desplegar una firmeza flexible. Es una subjetividad dislocada, difícil de localizar, que sabe doblarse y salir airosa tras escurrirse por entre las hendeduras del lenguaje y del pensamiento comunes, de lo que Julio Cortázar llamaba "la Gran Costumbre". Esta subjetividad se sirve del proyecto moderno de autonomía sin empantanarse en los privilegios y exclusiones que tal proyecto estatuye. Su autonomía es un continuo proceso de búsqueda y autocrítica, como la que plantea Castoriadis, consciente de que lo social, en cuanto producto de la imaginación colectiva, puede modificarse mediante la circulación de imágenes alternativas. Es, en suma, una subjetividad valerosa, humilde y futurista, que propone la entereza de abrazar y transformar a Colombia hacia adentro y desde fuera de sí misma, igual que el Yo se constituye desde fuera, desde su otredad interior. Mucho más de doscientos años tiene en su bagaje el Yo así desplegado, que se nutre de la tradición decimonónica, coquetea con el ideal del progreso, y se acoge al papel mediador que implica una era de globalización y de tolerancia todavía por construir.

Termino con un pasaje del Manual de tolerancia que no sólo refrenda el Yo que aquí se ha esbozado, siempre dispuesto a dejarse morir en el abrazo al cambio, sino que además neutraliza la potencia trágica que se creyó ejercer con su asesinato. Una de las razones por las que se asesina con tanta avidez es porque se piensa que la muerte elimina la disensión y constituye el mayor mal que se pueda brindar. Pero el pensamiento de Abad Gómez cobró fuerza con su asesinato, y la muerte no fue para él un castigo, como lo atestigua esta cita:

Decía Montaigne que la filosofía era útil porque enseñaba a morir. Para mí, que en este proceso de nacimiento-muerte que llamamos vida estoy más cercano a la última etapa que a la primera, el tema de la muerte se va haciendo cada vez más simple, más natural y aun diría que -no ya como tema sino como realidad- más deseable. Y no es porque esté desengañado de nada ni de nadie. Tal vez todo lo contrario. Porque creo que he vivido plenamente, intensamente, suficientemente (79).
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Enrique Yepes