| vistazo: overview |
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artesanal: of crafts joya:
jewel
tejido: weave
orfebrería: goldsmith's trade |
Un estudio exhaustivo de las artes plásticas
(pintura, escultura, arquitectura) latinoamericanas tendría que
empezar por las numerosas manifestaciones pictóricas, artesanales
y esculturales de las culturas indígenas, muchas de las cuales
todavía existen y siguen desarrollándose. Son muy conocidas
las joyas arquitectónicas de las culturas Náhuatl, Maya
e Inca, así como el tejido
incaico y los códices
y murales históricos nahuas. Las joyas de orfebrería
[goldsmith's trade] muisca (en lo que hoy es Colombia),
las molas
tejidas por los Cuna de Panamá, las cerámicas
de los Chorotegas centroamericanos, las de las culturas amazónicas,
y las placas
de bronce y cobre de la cultura de Aguada, al noroeste de Argentina,
entre muchas otras formas artísticas. |
abarcar: encompass
paisaje: landscape somero:
breve, superficial |
También sería necesario estudiar
la abundante producción plástica durante la colonia, desde
México hasta el Cono Sur, marcada fundamentalmente por la proliferación
barroca, que permitió abarcar la abundancia de símbolos
y valores del encuentro entre culturas ocurrido en América. Las
catedrales, las estatuas religiosas, los numerosos cuadros de temas
religiosos y paisajísticos, presentan fascinantes desarrollos
en los que aparecen vestigios de las diferencias culturales marcadas
por la población indígena y africana presente y participante
en los procesos de producción artística. Sin embargo,
el presente vistazo se conforma con ofrecer una somera revisión
de los desarrollos artísticos desde fines del siglo XIX. |
subvalorado: undervalued
calificar: call, denominate disímil:
different, uneven |
Hasta hace pocas décadas, el arte producido
en América Latina era subvalorado por la crítica europea
y norteamericana, pues se consideraba imitación de las tendencias
estéticas de Europa Occidental. En el mejor de los casos, muchos
críticos calificaban de híbrido al arte local, una impura
fusión de tradiciones disímiles (indígenas, africanas,
asiáticas, europeas), claramente inferior a cada una de esas
tradiciones en su versión más "pura" u original.
Hoy, sin embargo, es esta misma hibridez la que recibe atención
internacional, colocando a numerosos pintores y escultores de la región
entre los más famosos (y caros) del mundo. En gran parte,
es una cuestión de comercio, de cambio en los gustos estéticos,
y de reorientación crítica del eurocentrismo que ha caracterizado
a la cultura occidental de los últimos cuatro siglos. |
culto: cultured, of high culture |
Durante el siglo XIX, el arte culto de América
Latina no sólo fue víctima, sino también partícipe
de este eurocentrismo. El ideal de los nuevos gobiernos fue civilizar
la nación, esto es, emular los principios estéticos, sociales,
políticos y económicos del capitalismo más rico,
especialmente de Francia e Inglaterra. Por esta razón,
los periodos o tendencias artísticas iniciadas en el Viejo Mundo
se "trasplantaban" a las Américas: arquitectura neoclásica
(1780-1830 aprox.), pintura romántica (1820-1880 aprox.), realismo
(1850-1920 aprox.), naturalismo (1880-1900 aprox.), impresionismo (1880-1920
aprox.). Aunque los temas eran locales (paisajes, historia, tipos humanos
regionales), los principios estéticos y el público potencial
para estas obras respondían a las iniciativas y gustos europeos,
equivalentes a los de las minorías de clase alta en los distintos
países latinoamericanos. Pero, precisamente por este efecto
de "segunda mano", incluso el arte más temprano de la colonia
y de todo el siglo XIX en América Latina debería estudiarse
con parámetros completamente distintos, puesto que fundamentalmente
diferentes son también la práctica y el significado del
fenómeno estético en relación con las sociedades
dentro de las cuales se manifestaba. Para mencionar un caso obvio:
mientras que una pintura neoclásica hecha en Inglaterra, por
ejemplo, representaba y celebraba el "yo" europeo, una pintura similar
producida en México marcaba el ideal, el "otro" deseable y, en
cierto modo, imposible. Mientras que una pintura realista francesa
representaba una "realidad" tal como era percibida por la mayoría
de la población, una pintura similar en la República Dominicana
representaba la mirada de una minoría –la educada con principios
occidentales–. Por lo tanto, sería necesario establecer
una clasificación y principios de análisis completamente
distintos para comprender el trabajo artístico propio de la región,
y no transferir la periodización europea pensando que el de América
Latina fue un arte imitativo. Imitativa fue la manera de estudiarlo,
de entenderlo, de clasificarlo. Resulta más interesante relacionar
el arte culto del siglo XIX con los proyectos nacionales dentro de los
que se produjo. Tras la Independencia, cada nación debía
reinventarse, no sólo políticamente, sino también
en su identidad, en la comunidad imaginaria que era necesario construir.
El papel de las artes, así como de la literatura, fue entonces
fundamental, aún más si se considera que las estructuras
políticas, en general, no lograban generar un sentido de identidad
nacional. |
así como: as well as
según: according to cuyo:
whose puño: fist
|
Por ejemplo, mucho más que una imitación
de los modelos griegos, la escultura de Manuel Vilar (1812-59), inmigrante
catalán en México, representa la construcción de
un modelo de identidad posible. Su famosa escultura titulada El
general Tlaxcotlán Tlahuitcole lucha en la batalla de la Piedra
de sacrificio del gladiador (1851) , mezcla la figuración
humana grecorromana con el tema de la resistencia indígena frente
a la conquista española. El resultado no es simplemente un azteca
con cuerpo de gladiador romano, ni un caso de imitación del neoclasicismo
europeo. Esta escultura representa una explosión de elementos
contradictorios, que era justamente el problema fundamental de las nuevas
naciones, según ideológos como Simón Bolívar
(Venezuela) y José Martí (Cuba). La figura de este
"general" –solitario, desnudo, casi desarmado, cuyo puño izquierdo
se dobla en pose defensiva mientras el brazo se extiende agresivamente,
cuyo rostro mira en una dirección y el cuerpo en otra, cuyo brazo
derecho (el único armado, apenas con un palo) se levanta por
detrás de la cabeza, escondido, amenazante y temeroso y, sobre
todo, que lucha atado como esclavo–, está llena de paradojas
que pueden asociarse con la paradójica condición cultural
de América Latina. Ciertamente no representa de manera
realista al indígena desnutrido y sometido que sobrevive en condiciones
de miseria durante el siglo XIX, sino más bien una idealización
simbólica del pasado indígena para glorificar las batallas
de independencia y crear un sentido a la vez nacionalista y centrado
en ideales europeos. |
encadenar: to chain |
Este "gladiador" amerindio ilustra la profunda
diferencia del arte producido en las nuevas naciones americanas.
Afirma un "yo" indígena que está profundamente modificado
por la influencia europea, igual que las civilizaciones latinoamericanas
intentaron mostrarse autóctonas y al mismo tiempo desarrollarse
al estilo europeo. La escultura responde a las ideas románticas
del Viejo Mundo sobre América, el ideal del "buen salvaje" que
Jean Jacques Rousseau había expresado a fines del siglo XVIII:
el "hombre natural" es bueno y fuerte, pero la sociedad lo encadena
a sus convenciones, como este "gladiador"está amarrado por el
pie. Así, las nuevas naciones americanas se constituyeron
en respuesta a las expectativas europeas, utilizando motivos indígenas
como símbolo romántico de su diferencia, de su exotismo,
de su carácter único y vigoroso. En la práctica,
sin embargo, las gentes amerindias eran excluidas, sin aprender realmente
de su cultura, sin oportunidades de igualdad y derechos autónomos.
El principal objetivo de las clases dirigentes criollas siguió
siendo el responder e igualarse a los gustos europeos, y mantener su
dominio y explotación de las mayorías de clase baja, fueran
indígenas, mestizas, negras o mulatas. Del mismo modo, nuestro
"gladiador" es un esclavo, está amarrado y moldeado según
gustos neoclásicos y románticos. Este paradójico
personaje, dividido en dos direcciones sin avanzar claramente, encarna
las contradictorias estructuras de las nuevas naciones latinoamericanas
durante del siglo XIX. A fines de ese siglo, diferentes artistas quisieron
representar un "diagnóstico" de las "enfermedades" sociales que
aquejaban a las naciones, haciendo por ejemplo retratos de niños
enfermos. |
levantamiento: upheaval |
Producto de estas contradicciones fue el gran
número de revoluciones y levantamientos ocurridos durante los
siglos XIX y XX. Para el arte latinoamericano, la Revolución
Mexicana fue de importancia trascendental. El nuevo gobierno,
con José Vasconcelos como Ministro de Cultura, fomentó
una producción artística con la que el pueblo se pudiera
identificar y que celebrara una nueva "mexicanidad" basada en la fusión
de lo europeo y lo indígena. Se propuso entonces un arte quizás
no menos idealizado que la fusión en la escultura de Manuel Vilar,
pero sí más abiertamente político, polémico
y narrativo. El ministerio creó un programa de murales y patrocinó
a varios artistas que ganaron renombre internacional. Diego
Rivera (1886-1957), que había pasado muchos años estudiando
en París e Italia y cultivado técnicas cubistas con temas
políticos y mexicanos, fue comisionado para trabajar en la Escuela
Nacional Preparatoria (1921) y luego en la Secretaría de Educación
Pública (1923), produciendo gigantescos murales que incluían
leyendas y colores inspirados en temas precolombinos. Los inmensos
frescos de Rivera, tanto en México como en los Estados Unidos,
componían una compleja narrativa sobre la evolución humana,
celebraban el fin del capitalismo y el nacimiento del socialismo, y
estaban cargados de símbolos y referencias a su ideología
comunista. |
calavera: skull |
Para su programa de murales, Vasconcelos también
reclutó a José
Clemente Orozco (1883-1949), quien había tenido una formación
puramente local (nunca estudió en Europa) y tenía experiencia
como caricaturista, inspirado en las litografías de ironía
social de José
Guadalupe Posada (1852-1913), cuyas satíricas calaveras habían
tenido mucha difusión en la prensa mexicana. Orozco pasó
varias temporadas en los Estados Unidos, donde hizo murales para varias
universidades (Pomona, Dartmouth, New School for Social Research). También
fue contratado por el gobierno de Guadalajara, su ciudad natal, donde
realizó importantes trabajos. Su estilo es bastante menos optimista
que el de Rivera, con temas históricos pero no necesariamente
prehispánicos, en los que la conquista española no es
menos salvaje y brutal que el imperio azteca mismo, presentando visiones
trágicas y composiciones de intensa perspicacia social en un
estilo menos figurativo u obvio que el de otros muralistas. |
aerosol: air brush
lienzo: canvas |
El espíritu nacionalista y francamente
político de los muralistas fue también compartido por
David
Alfaro Siqueiros (1896-1974), quien utilizó técnicas
menos convencionales, como el aerosol y los colores sinténticos
para producir obras alegóricas de un amplio proyecto social y
polémico. Su beligerancia no era sólo artística:
también fue militante revolucionario en México, España
y Suramérica. Fue expulsado de México en 1932 por razones
políticas, y pasó temporadas en los Estados Unidos. En
Los Ángeles, por ejemplo, pintó el mural La
América Tropical. Su periodo más productivo
fue en los años 40, al recibir permiso para regresar a México.
Allí desarrolló con más amplitud su trabajo en
lienzo con una característica acentuación de perspectivas
y grandeza de expresión. |
lema: slogan |
El legado muralista tuvo desarrollos significativos
en Brasil, Ecuador y Colombia. El gobierno reformista de Getúlio
Vargas en Brasil, con su campaña de unificación nacional
a través del mestizaje y la "grandeça brasileira",
patrocinó una escuela de realismo social en la que el pintor
Cândido
Portinari (1903-1962) ocupó un lugar predominante. Miembro
del Partido Comunista, Portinari se dedicó a explorar temas históricos
y sociales en grandiosos murales que fueran claramente legibles para
el pueblo mestizo, inmigrante y obrero. Su visión artística
buscaba integrar el ideal del progreso ordenado -lema de su país-
con la justicia comunitaria, como en su clásico óleo Mestiço
(1934). Por su parte, el arte ecuatoriano enfatizó temas indigenistas
y buscó interpretar la experiencia de los grupos amerindios
marginados y explotados. El más famoso creador de la época,
Oswaldo Guayasamín
(1919-1999), produjo en 1945 el primero de sus grandiosos ciclos, las
103 pinturas agrupadas bajo el nombre de Huacayñan
(el Camino de las Lágrimas, en quichua). Su estética
combina el realismo social con la descomposición cubista, la
fuerza expresionista y la oscuridad del inconsciente, en temas centrados
en las manos, rostros y elementos cotidianos del pueblo indígena.
En Colombia, una era de modernización y apertura internacional
favoreció en los años cuarenta el contacto con las tendencias
artísticas de México y Europa, y el Ministerio de Educación
fomentó un tipo de arte populista que se nutrió de las
lecciones muralistas. El mayor representante del muralismo colombiano
fue Pedro
Nel Gómez (1899-1994), quien ejecutó 10 inmensos paneles
en el Palacio Municipal de Medellín. |
delatar: denunciar, hacer evidente |
El trabajo de los muralistas representó
una oportunidad única para que los pintores se convirtieran en intelectuales
orgánicos (concepto definido por el politólogo italiano
Antonio Gramsci, 1891-1937), es decir, productores de ideas que tenían
una clara influencia en la gente y los espacios públicos. El
muralismo también constituyó un diálogo distintivo
y nativista con las vanguardias europeas, estadounidenses y latinoamericanas,
en un periodo de intensas polémicas y búsquedas artísticas
en todo el mundo occidental. Sin embargo, la influencia de los "tres
grandes" muralistas fue tan intensa que para otros artistas resultó
difícil obtener reconocimiento, y muchos ejercieron una distancia
crítica en busca de nuevos caminos, especialmente hacia la exploración
de realidades psicológicas asociadas con el surrealismo. El mexicano
Rufino
Tamayo (1899-1991), quien se rehusó a hacer política
con su pintura, tuvo gran éxito en la difusión internacional
de sus mitologías zapotecas producidas con estilos enigmáticos,
inquietantes, que crean preguntas y delatan la ignorancia del espectador.
Frida
Kahlo (1907-1954) optó por un camino de interiorización
que integraba la cultura popular mexicana de una manera muy diferente
al "arte de masas" de su esposo Diego Rivera. Sus colores
y temas mitológicos, así como sus autorretratos, expresan
una profunda reflexión sobre la condición femenina, el
inconsciente colectivo mexicano, y el tenso diálogo latinoamericano
en su marginalidad y diferencia frente a los centros de poder en el
Primer Mundo. En El
amor abraza el universo, México, Diego, a mí y al señor
Xolotl [1], Kahlo representa la cosmogonía
azteca en un dinámico diálogo con su realidad personal
y con la experiencia colectiva contemporánea. Otra fuerza renovadora
fue la contribución de varias inmigrantes europeas que llegaron
a México para refugiarse de las guerras en sus países.
Remedios
Varo (España 1908-México 1963) y la inglesa Leonora
Carrington (1915- ) hicieron un aporte sobresaliente con sus personajes
y cromatismos oníricos de alta sugerencia simbólica. |
fundir: to merge |
Una mezcla entre la exploración de la
realidad interior en diálogo con el inconsciente colectivo y
la multiplicación de perspectivas y realidades, ha sido otro
camino de fecunda exploración para numerosos pintores latinoamericanos.
Amelia
Peláez (1896-1968) representó motivos arquitectónicos
y naturales de su Cuba natal en un estilo que se ha descrito como "cubismo
tropical". Su pintura establece una continuidad entre líneas
y figuras que imita el sincretismo de las culturas poscoloniales, como
en el caso del lienzo Mujeres
en un balcón (1943). Su compatriota de ascendencia chino-africana
Wilfredo
Lam (1902-1982) integra el inconsciente colectivo afro-cubano
en un proceso de abstracción creciente que describe la interacción
-como en la santería- de la realidad perceptible con la sobrenatural.
Su pintura La
manigua (The Jungle, 1943) funde tallos de caña de azúcar
con figuras animales y humanas, plasmando la mirada mitológica
de las poblaciones de ascendencia africana, para quienes el mundo está
permeado de espíritus. La manigua fue analizada como
ejemplo de "lo real maravilloso" americano por el novelista
y musicólogo Alejo
Carpentier (1904-1980) en su prólogo a la novela El reino
de este mundo (1949). Una recreación similar a
la de Lam desarrolla la brasileña Tarsila
do Amaral (Brasil 1886-1973) con las formas, colores y temas asociados
con la región de Minas Gerais, integrando motivos guaraníes
y afro-brasileños. Abaporu
(1928), una de sus pinturas más conocidas, significa "hombre
que come", y sus enormes manos y pies simbolizan contacto íntimo
con la tierra. De mayor abstracción es la obra del chileno Roberto
Matta (1911-2002), cuyas Morfologías
interiores causaron gran impacto en los años 1930, y
todavía en los años noventa exploraba una "poesía
del color" sobre temas como el DNA
y las aguas terrenales. |
red: net |
Un movimiento americanista de tanto impacto como
el del muralismo mexicano, aunque más conceptual, fue la Escuela
del Sur, dirigida por el uruguayo Joaquín
Torres García (1874-1949). Con amplia elaboración
teórica, Torres García desarrolló el "universalismo
constructivo" como una gramática visual para representar
la hibridación latinoamericana utilizando elementros del clasicismo,
el primitivismo, el arte precolombino, el neoplatonismo, el cubismo
y el simbolismo. El resultado fue un arte original basado en una "geometría
espiritual", con redes de líneas y figuras intersectadas
para pensar al mundo de una manera alternativa: poniendo la razón
al mismo nivel que lo emotivo y lo sensual. Así puede apreciarse
en su Arte
universal (1943), que combina muchos de sus símbolos
recurrentes: las figuras geométricas, relojes, estrellas, peces,
y la pareja cósmica. Su voluntad de afirmar la diferencia cultural
de América Latina se nota en cada una de sus obras, así
como en el lema "Nuestro norte es nuestro sur" de su manifiesto
estético. El famoso mapa
invertido que trazó servía como emblema programático
hacia la promoción de visiones alternativas nacidas de la experiencia
propia de los países suramericanos. Los trabajos con el color
y un mayor abstraccionismo geométrico se aprecian mejor en obras
como Barco
constructivo América (1943),
que representa la fragmentación histórica del continente
con rica fuerza simbólica, dando al espectador la oportunidad
de construir por sí mismo nuevos significados. |
despliegue: display |
Los años sesenta marcaron éxitos
internacionales y, en general, un impresionante desarrollo de las artes
plásticas latinoamericanas en múltiples direcciones. Desde
entonces, son incontables las galerías, museos de arte, escuelas
de pintura, festivales y exhibiciones que tienen lugar en la región,
y que son comparables en calidad y despliegue a las de cualquier otra
parte del mundo occidental. Los montajes tridimensionales, los
diseños geométricos, la caricatura, el erotismo, el juego
con los ídolos comerciales y el primitivismo, son algunas de
las direcciones exploradas por las nuevas generaciones, en un incierto
equilibrio entre tendencias locales e internacionales. Un caso destacable
es el colombiano Fernando
Botero (1932- ), que define una estética inclasificable dentro
de las escuelas europeas, e integra el humor y los símbolos populares
dentro de un cuidadoso sentido de la composición neoclásica,
pero deshace la coordinación de perspectivas y de proporciones
en figuras voluminosas que no excluyen la crítica social. |
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De las últimas décadas del siglo
XX, el arte más francamente político dentro de la tradición
muralista ha sido el de los chicanos en Estados Unidos, con nuevos murales
hiperrealistas como los de John
Valadez (1951- ). Yolanda
López (1942- ), una artista de San Francisco que trabaja
en videos e instalaciones conceptuales, hizo una influyente serie de
obras sobre la base de la Virgen de Guadalupe como un ícono popular
trasladado a la lectura contemporánea de las relaciones de género
y las dinámicas de identidad. En conjunto, los trabajos latinoamericanos
se caracterizan por su carácter paródico y heterogéneo,
su riqueza cromática y su construcción de perspectivas
y formas de representación que ofrecen modos no convencionales
de comprender la realidad. Estas obras son, cada una a su manera, significativos
esfuerzos por expresar, recrear y configurar ese difícil conglomerado
de cosmovisiones que constituyen las culturas latinoamericanas, en su
siempre inestable diálogo entre la tradición (precolombina,
africana, colonial y moderna) y el cambio compulsivo de la era contemporánea.
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